En el frio atardecer, una mujer caminaba con paso cansado
Ramblas abajo, hacia el puerto. Se mezclaba con la gente, pero parecía no ver a
nadie, y nadie la miraba. Sus ojos enrojecidos y su tez pálida delataban un
largo insomnio. Más de treinta horas de continua pesadilla, por fin, iban a
quedar atrás. Había tomado una decisión, y nada le haría cambiarla. Necesitaba
recuperar su vida, y para lograrlo estaba dispuesta a convertirse en una
improvisada asesina.
Dos días antes;
Viernes tarde; Celeste abrió la puerta de su pequeño
apartamento mas tarde de lo acostumbrado. Aquel viernes, a última hora de la
tarde, el trabajo se complicó inesperadamente con la repentina muerte de la
vieja Dora. Murió mientras cenaba, una de las cuidadoras le estaba metiendo en
la boca cucharadas de un puré indescriptible, cuando de pronto la anciana
comenzó a toser expulsando el puré sobre la muchacha. Tres toses fuertes
seguidas de lo que parecía un quejido hondo, eso fue todo. Así murió Dora, la
usuaria de la habitación 212 del geriátrico.
Como directora del centro, Celeste se había encargado de
todos los trámites burocráticos del óbito y, por si eso fuera poco, también de
que en el geriátrico la muerte de la anciana pasara lo mas inadvertida posible.
-¡Pero por Dios! – les había reñido a las auxiliares- ¿es
qué no podéis hacer las cosas con un mínimo de sentido común?, al final todo me
lo cargo yo.
Era la misma canción de siempre, los mismos reproches, el
mismo cansancio y las mismas ganas de llegar a su casa, su refugio, cerrar la
puerta y olvidarse de todo.
Unos quince minutos después se sumergía en una reconfortante
bañera rebosante de espuma, mientras su teléfono móvil sonaba por segunda vez
sobre la pequeña mesita de la cocina.
La mujer ni se inmutaba, despreciando las llamadas. Cuando
por fin el sonido del teléfono cesó volvió la mas absoluta calma a la casa, tan
solo se percibían los sordos gorgoteos del baño espumoso.
Celeste observó la oscuridad que se colaba a través de la
puerta entreabierta del baño y entonces cerró los ojos exhalando un buen
suspiro.
De repente, un sonido de cristales rotos que parecía venir
del saloncito, acabó con aquella quietud. Los ojos de Celeste se abrieron de
par en par y sintió como todos los músculos de su cuerpo se tensaban
bruscamente. Intentaba procesar el sonido para averiguar que podía ser cuando
unos pasos lentos se acercaron por el pasillo. Venciendo su miedo se envolvió
en la toalla y lentamente salió a la negrura del pasillo. Parecía vacío, avanzó
con pasos asustados hasta la cocina y cuando se disponía a encender la luz, de
nuevo sonó su teléfono.
Esto le asustó y al apresurarse por coger el aparato, este
cayó al suelo desmontándose por el impacto, rodando sus piezas por el piso.
Salió de la cocina y, todavía en oscuridad, entró en el salón. Las siluetas de
los muebles destacaban su perfil gracias a la escasa luz que se filtraba por
entre las persianas de las dos ventanas. A tientas llegó hasta el interruptor
de pared de la sala, lo accionó una y otra vez sin respuesta ninguna. Sin
titubear, se dirigió entonces de nuevo al pasillo descubriendo entonces que
tampoco la luz del baño funcionaba.
En medio de aquel oscuro silencio que le rodeaba se
escuchaban los fuertes latidos del corazón de Celeste. Parecía muy asustada.
Allí, en el pasillo de su casa, a su derecha el pequeño salón envuelto en
tinieblas, a su izquierda su dormitorio, completamente oscurecido, Celeste pegó
su espalda húmeda a la fría pared intentando tranquilizar su agitada
respiración.
Permaneció allí horas enteras, como si le hubieran clavado
los pies al piso, incapaz de tomar una decisión, hasta que su cuerpo vencido
por el cansancio fue resbalando por la pared y finalmente acabó sentada. Estaba
entrando en un pesado estado de sopor que no conseguía dominar aunque lo
intentaba. De ninguna manera quería dejar de estar atenta por si se repetían
los ruidos que le dieran alguna pista de lo que estaba sucediendo en su casa,
pero ese estado de permanente alerta le agotaba.
Cuando su cabeza se tambaleó cayendo sobre los brazos
cruzados apoyados en las rodillas, una fuerte ráfaga de aire congelado la
envolvió. Una de las ventanas del saloncito se había abierto de golpe, la
persiana que antes estaba abajo, ahora se hallaba completamente subida, dejando
que el apartamento se inundara del gélido amanecer de noviembre.
Celeste se despertó de inmediato, tiritaba de frio y, sin
pensarlo dos veces, corrió hasta la ventana. Los primeros rayos de sol se
abrían paso entre una selva de cemento, terrazas solitarias y antenas. En lugar
de cerrar la ventana permaneció allí contemplando el exterior, recordando la
pesadilla de la noche.
-Yo no lo haría.
La voz sonó grave, pausada, con una seguridad en su tono que
sobrecogía. Voz de hombre. Celeste quedó paralizada.
Lentamente, con un gran esfuerzo, fue girando su cuerpo
hacia el interior del salón. Sentado en su sillón, un hombre extraño la
observaba.
-¿Quién es usted?- consiguió balbucear al fin. El traje
negro contrastaba con la extrema palidez de su rostro. Apenas tenía cabello y
sus facciones eran afiladas. Celeste observó sus ojos hundidos y mates, sin
brillo. Algo en aquel ser parecía no ser de este mundo.
-No puedes escapar.-dijo el hombre, ignorando la pregunta de
la mujer-Lo sabes ¿verdad?.
Celeste instintivamente miró de nuevo hacia el exterior de
la ventana.
-Te matarías, si, pero no serviría de nada.
-Salga de mi casa ahora mismo.- Celeste apretó los puños
tensando todos y cada uno de los músculos de su cuerpo. Tenía que defenderse.
-No.- El hombre paseó una y otra vez su bastón de una mano a
la otra, mostrando la empuñadura dorada en forma de una cabeza de serpiente.
Era un movimiento hipnótico que captó de inmediato la atención de Celeste.-Me
necesitas, y yo a ti.
Se hizo un silencio tenso entre ambos que duró una eternidad.
-Vas a hacer lo que yo te diga, o no te librarás de mi.-dijo
el hombre sonriendo sarcásticamente. Se levantó y caminó hacia la puerta, antes
de abrirla se giró hacia Celeste diciendo;- ahora puedes vestirte. Volveré para
darte mis instrucciones.
Sin más, salió del apartamento cerrando la puerta tras de
si.
Celeste tardó apenas diez segundos en reaccionar, corrió
hacia la puerta con intención de escapar, pero la cerradura no giraba.
Incomprensiblemente permanecía firme, como pegada al hierro que la sostenía.
-¡Gira maldita sea!
Buscó en su bolso y no encontró las llaves, el hombre se
había apoderado de sus llaves y no podía salir. Abrió la caja del cuadro de luz
y comprobó que todo estaba correcto, lo cual dejaba la falta de luz sin
explicación. Fue hacia la cocina a recomponer su teléfono, recuperó las piezas
del suelo, menos la batería, que no aparecía por ninguna parte. Era evidente
que aquel ser se la había llevado junto con las llaves.
Lentamente fue hacia el dormitorio, se vistió y se tumbó en la
cama. El agotamiento le hacía cerrar los ojos pero ella luchaba por mantenerlos
abiertos.
Un vaho gélido acarició el rostro de Celeste, abrió sus ojos
y lo vio. Él estaba allí, imperturbable, sentado enfrente suyo. De nuevo el
corazón de la mujer se desbocaba sin remedio. Ahora que lo tenía más cerca
podía observar la transparencia de su piel, el tono mortecino de sus pupilas,
sus afilados dedos coronados de largas uñas sujetando el bastón con la
empuñadura dorada.
-Vas a matar a una persona.- La voz del hombre carecía de
matices, era la voz mas impersonal que Celeste había escuchado en su vida.- La
víctima es una mujer que tú conoces. Puede que pienses que no serás capaz, pero
te aseguro que si lo eres. Tan solo debes de tener la motivación adecuada.
-No lo haré.- musitó Celeste.
.Está bien.- El hombre se levantó del sillón y caminó
lentamente hacia el pasillo, - entonces sufrirás las consecuencias.
Tras la amenaza abandonó de nuevo el apartamento. Celeste
permanecía sentada en el borde de su cama, sus manos sujetaban su aturdida y
pesada cabeza, cuando un olor nauseabundo le llegó obligándola a salir de ese
estado. Caminó por su casa buscando la causa, llegó al baño. La bañera
permanecía medio llena de agua, pero no era el agua del baño de Celeste, era un
líquido rojizo manchado de porquería. Ante eso, Celeste tuvo arcadas de vómito,
haciendo acopio de valor se acercó a la bañera y estiró de la cadena del
desagüe. El olor fue insoportable, cogió una toalla y se tapó la nariz y la
boca. Mientras el agua sucia huía arremolinada de su sitio, Celeste comenzaba a
entrever un macabro regalo; ocupando el fondo de su bañera habían un montón de
enormes ratas peludas, todas destripadas.
Celeste gritó presa del pánico, salió corriendo del baño y
fue hacia la puerta del apartamento, la cerradura seguía sin responder, aporreó
la puerta gritando durante un buen rato, pero nadie respondió a su llamada.
Cuando al fin, agotada, dejó de hacerlo, se dirigió hacia uno de los sillones,
cayendo pesadamente en él, y rompió a llorar.
Celeste subió sus pies en el sillón y ocultando su cabeza
entre sus brazos dejó pasar el tiempo, cediendo al hecho de que, por más que lo
intentara, no podría salir de su casa, ni comunicarse con nadie. Estaba a
merced de aquel sujeto que entraba y salía de su apartamento y la tenía
amenazada.
De pronto la puerta se abrió y apareció él de nuevo, con una
sonrisa sarcástica miró a Celeste, cerró la puerta con suavidad y se sentó
frente a ella.
-Huele mal, ¿verdad?. Debes de tener algo pudriéndose cerca
de aquí.
-¿Qué quiere de mi?
-Ya te lo dije. Quiero que mates a una persona.
-¡No puedo hacer eso!- gritó Celeste.
-Sí que puedes…y lo harás.
El hombre apoyó su bastón en el sillón, de modo que la
cabeza de la serpiente dorada miraba fijamente a Celeste.
-Es una cobra,-explicó el hombre- la cobra, cuando se siente
amenazada, silba, se endereza, despliega sus capuchas y se prepara para escupir
su veneno. Es la más inteligente de las serpientes.
-¿Qué me pasará si no la mato?-preguntó Celeste
-Que no te dejaré vivir en paz por el resto de tu vida.
Suficiente razón, ¿no crees?
-¿Quién es esa mujer?
-Su nombre no importa. Sus acciones son las que determinan
su destino. Sus “malas” acciones. Digamos que merece morir.
-¿Qué ha hecho para merecer la muerte?, ¿y quién es usted
para juzgar las acciones de nadie?- Celeste le habló en un tono despreciativo
-¿Acaso crees que la soberbia es una cualidad?
-¡Me irrita que nunca conteste a mis preguntas!
El hombre levantó su bastón a la altura de su mirada y dijo
parsimoniosamente;
-Y a mí me irrita que mi bastón sea más inteligente que
tú.-Lo volvió a apoyar en el suelo,-ha llegado el momento que desaparezca. No
te hagas ilusiones, estoy hablando de la mujer; tu víctima. Te he elegido a ti
porque solo tú puedes hacerlo. Al fin y al cabo ella ha estado sometiendo tu
voluntad mucho más de lo que puedo hacerlo yo ahora mismo, solo que tú se lo
permitías.
-Eso no es verdad, no hay nadie así en mi vida.
-Ilusa. Pero ya me lo esperaba. Apegada a tu bonito castillo
de naipes no te das ni cuenta de que no hay piso.
El hombre se levantó y caminó por la habitación observando a
Celeste.
Te dejaré unas horas para que pienses. Mañana volveré y te
diré como y donde la matarás.
Aquella noche, Celeste no pudo conciliar un sueño tranquilo.
Cada vez que el agotamiento le vencía, aparecía en su ensoñación la imagen del
hombre y esto le producía pequeñas descargas nerviosas que le hacían dar botes
en la cama. La ventana de su dormitorio estaba abierta para que se disipara la
pestilencia que venía del baño y Celeste tiritaba de frio ante el amanecer
otoñal. El hombre volvería. Se lo había dicho y ella lo esperaba.
-Cuando todo acabe deberías ir a tu médico.-La voz sonó
detrás de la mujer, que se estaba lavando la cara en el fregadero de la
cocina-Tienes muy mal aspecto.
Celeste no lo oyó llegar, ni tan solo escuchó la puerta.
-Será hoy domingo, por la tarde, en el puerto.
-No lo haré.
-Lo harás, porque no puedes elegir. Es ella o tú. Ahora no
lo comprendes por tu falta de criterio. Estás en su poder, te ha seducido con
sus argumentos fantasiosos, sus promesas idílicas, pero cuando te libres de
ella lo verás muy claro. Crees que si la matas no podrás vivir, ¿no es cierto?
. Yo te digo que es al contrario, si la dejas vivir, tú serás la muerta.
-No entiendo nada, no se de que me está hablando.
-¡Naturalmente!, porque te tiene en su poder. Ella juega a
confundirte con sus argumentos, yo juego a obligarte a que te defiendas. Las
cosas, querida Celeste, nunca son como parecen.-El hombre tomó asiento en el
sillón, cruzó sus piernas, apoyó los codos en los brazos de la butaca y juntó
los dedos de sus manos sobre el bastón.-Tu naturaleza es débil como
mantequilla, ¡pero no te sientas mal!, la naturaleza humana comúnmente es así.
Por eso tus oídos se rinden al halago. Esa mujer te halaga, es miel para el
goloso, y tu mente se empapa, se aletarga, te quita tu poder. Parece que te lo
está dando, pero en realidad es una ladrona que saldrá huyendo con tu alma si
se lo permites. Ahora piensas que no sabes quien es, pero tranquila, la
reconocerás en cuanto la veas. Entonces entenderás. Esta tarde, a las siete en
punto, saldrás de esta casa, te dirigirás al metro, irás hasta la parada de
Drassanes, allí saldrás a la calle y caminarás por la Rambla rumbo al puerto.
Cuando llegues a los escalones del Moll de les Drassanes, esperas. A las ocho
en punto tienes que empujar a esa mujer al agua. No sabe nadar, y a esa hora no
habrá nadie por allá para rescatarla. Hazlo así, no cambies nada. Después
regresas a casa y yo habré desaparecido de tu vida.
-¿Qué seguridad tengo de que cumpla su palabra?
-¿acaso crees que me quedaría con un ser tan inferior como
tú?, nisiquiera para torturarte, vales muy poco, tengo presas mejores que
conseguir.
-Si es así, ¿por qué no me deja en paz?, yo no le he pedido
que me salve de ninguna ladrona.
-De nuevo te confundes. No es a ti a quien salvo, sino a
ella. Tu seguirás con tu mediocre vida pero ella…
El hombre se levantó dispuesto a marcharse de nuevo.
-…ella vivirá de otra manera.
Celeste contempló como cerraba la puerta. No tenía fuerzas
para luchar. Aquellas horas de locura eran tan espesas e irreales que por
primera vez se vio en sus ojos un extraño brillo. Al cabo de unas horas,
todavía resonaban en la habitación las palabras del hombre; “… a las ocho en
punto tienes que empujar a la mujer al agua… después regresas a casa y yo habré
desaparecido de tu vida.” Caminó nerviosa de un lado para otro. El sol vencía
por entre los tejados, miró el reloj de pared, ¡las seis y media!. Celeste fue
hacia la puerta, accionó la maneta y ésta cedió abriéndose. Volvió a cerrar de
golpe.
Fue hacia su habitación, el aire frío se mezclaba con el
espeso olor de las ratas muertas. Se calzó con movimientos lentos y la vista
fija en ningún lugar. Al pasar frente al espejo de su tocador, no vio su
reflejo, no reconoció a la mujer que la miraba desde el cristal, vio una
extraña sin alma vencida por el miedo.
En el frio atardecer, Celeste caminaba con paso cansado
Ramblas abajo, hacia el puerto. Se mezclaba con la gente pero parecía no ver a
nadie y nadie la miraba. Sus ojos enrojecidos y su tez pálida delataban un
largo insomnio. Mas de treinta horas de continua pesadilla, por fin, iban a
quedar atrás., Había tomado una decisión y nada le haría cambiar. Necesita
recuperar su vida y para lograrlo estaba dispuesta a convertirse en una
improvisada asesina.
Hacía frío y el viento acentuaba la sensación de invierno
anticipado. Celeste caminó hasta los grandes escalones del muelle, frente a
ella dos oscuridades se juntaban en una sola línea, la negrura húmeda e
inquietante del mar y la de un cielo intuido. Miró su reloj de pulsera, las
ocho menos diez minutos. El la había dicho que esperara, que la mujer llegaría.
Miró a su alrededor, no había nadie. Las ocho menos cinco minutos, Celeste
sentía que sus piernas se estaban entumeciendo, necesitada de moverse un poco, dio
unos pasos a lo largo del escalón, bajó hasta el último y se quedó mirando el
agua y los reflejos de las luces en ella. Dos minutos para las ocho. Celeste
estaba muy nerviosa, se giró varias veces esperando ver a la mujer. De pronto
sintió que su mente se le giraba también, pero no con su cuerpo, y el mareo
hizo que perdiera el equilibrio y trastabilleó unos cuantos pasos, acercándose
peligrosamente al filo del escalón.
El tiempo se detuvo en el instante en que su reloj de
pulsera marcaba las ocho en punto. El cuerpo de Celeste se balanceó pesadamente
y unas manos la sujetaron fuertemente por la espalda. Celeste tardó en
reaccionar unos instantes eternos.
-¡Señora, tenga más cuidado, podría haberse caído al agua!
El hombre que la había salvado tenía la voz joven pero la
apariencia de un viejo mendigo, cando le dio la espalda para marcharse, Celeste
vio que en su destartalado petate brillaba un objeto dorado, algo así como una
cabeza de serpiente.
Florinda, 9 /2/ 2014