miércoles, 1 de octubre de 2014

OTOÑO EN LA PIEL


Otoño en la piel
y el día pasando
durmiente, acurrucado,
entre sábanas densas
con calor humano.

Y los ojos se cierran,
también como todo,
que no me toque la brisa
o moriré temblando

y al caer entre vaivenes
sin tener apenas prisa,
me despediré rezando.

Otoño en la piel,
y el día pasando...

Florinda Ramos Gil
Barcelona, viendo partir a mi madre.
Octubre, 2008

jueves, 4 de septiembre de 2014

TU MIRADA

Tan segura estaba yo
de la eternidad de tu mirada
que no me percaté de su belleza.
y ahora que yo busco
tus ojos en los míos
no hay luz ni sombra...solo frío.

Que no te olvidaré,
tu ya lo sabes.
Que siempre vivirás
en mi recuerdo,
y aunque estire mi brazo
en esta nada que atropella mi alma,
siento alivio...
de rozar tus mejillas tan hermosas.

Madre mía, te fuiste callandito...,
y en la tarde recuerdo
aquellas cosas
que me dijeron tus ojos 
antes de partir.

Yo pensé que siempre,
siempre te tendría.
Yo creí que era eterna tu mirada.
Ahora se como duele la noche.

Cuando muerde la noche.
Cuando llora mi alma.

Florinda.

(2009)


"ALIAS MARY WITTMAN"

"...Y así seguimos.El me hace una pregunta, yo le doy una respuesta y él la anota. En la sala de justicia todas las palabras que salían de mi boca quedaban como grabadas a fuego en el papel en el que escribían, y en cuanto decía una cosa, sabía que nunca podría retirar las palabras; sólo que las palabras eran equivocadas, pues cualquier cosa que dijera la retorcían, aunque fuera la pura verdad.
Lo mismo ocurría con el doctor Bannerling en el manicomio. Pero ahora me parece que todo lo que digo está bien. Con tal que diga algo, lo que sea, el doctor Jordan sonríe y lo anota, y me dice que lo estoy haciendo muy bien.
Mientras escribe, es como si me estuviera dibujando, o más bien como si estuviera dibujando sobre mi, sobre mi piel, no con el lápiz que utiliza sino con una anticuada pluma de oca, y no con el extremo del cañón sino con el de la pluma.
Como si cientos de mariposas se posaran sobre mi cara y abrieran y cerraran suavemente las alas.
Pero por debajo siento otra cosa, una sensación de estar completamente despierta y vigilante. Es como despertarse de repente en mitad de la noche sintiendo una mano sobre la cara e incorporarte con el corazón desbocado y ver que no hay nadie.
Y por debajo de eso se percibe otra sensación, la sensación de que te desgarran para abrirte; no como un cuerpo de carne, no duele tanto eso, sino como un melocotón desgarrado, sino un melocotón demasiado maduro que se hubiera abierto espontáneamente.
Y dentro del melocotón hay una piedra."

Margaret Atwood.  ( Alias Mary Wittman )

sábado, 19 de julio de 2014

ALAS DE MARIPOSA

Esta es una adaptación libre sobre un relato tradicional japonés que he escrito, espero que os guste.



 
Erase una vez en Japón, hace muchos, muchos años, un hombre humilde, campesino muy trabajador, que en los pocos ratos que tenía libres tomaba sus pinceles y los dedicaba a pintar. Iroshi, que así se llamaba el hombre, tenía el alma de artista y el don en sus manos, pero la vida le había hecho responsable de sacar adelante a una familia así que pocos eran esos momentos en los que se deleitaba con sus pinturas. Iroshi tenía una hija bellísima a la que llamó Dulce, era tan bella que cuando salía a pasear por el campo las flores se abrían a su paso exhalando su perfume y los pájaros detenían su vuelo, se posaban en las ramas de los árboles y regalaban sus trinos a la bella Dulce.
 
Un día su padre le dijo;
 
-Hija mía, antes de que muera quisiera plasmar tu belleza con mis pinceles, pero no usaré lienzo ni tela, sino que pediré a todas las mariposas que vea que me dejen sus alas para que allí pinte tu rostro
 
 
 
Y así lo hizo. Durante días y días Iroshi pintó en cientos de alas de mariposa el bello rostro de Dulce. Las mariposas volaban, iban y venían alrededor del pintor y su hija en un espectáculo de colorido y armonía. Cuando Iroshi terminó su labor, se fue a descansar y ya no se volvió a despertar jamás.
 
 
 
Pasaron los días y estando el joven emperador de Japón disfrutando de su jardín vio posar sobre una planta una hermosa mariposa cuyo extraño colorido le llamó la atención. Se acercó sigiloso y observó un buen rato el rostro pintado de la joven mas hermosa que jamás hubiera visto. Enseguida se enamoró perdidamente, mandó a sus guardias que capturaran con cuidado a la mariposa para poder verla con detenimiento. Así lo hicieron. El joven emperador, desde ese día, pasaba horas contemplando ese rostro en las alas ya secas de la mariposa. Su amor no cesaba y comprendiendo que debía de hacer algo al respecto, mandó lo siguiente;
 
 
 
-Quiero que a partir de hoy la guardia salga a buscar por todo el Imperio la dueña de ese retrato. No escatimar esfuerzos porque cuando la encontreis la convertiré en mi esposa y recompensaré con creces vuestra dedicación. Tal es mi deseo.
 
 
 
Los guardias de la corte buscaban por doquier y cuando encontraban a una joven de singular belleza la llevaban hasta el palacio para compararla con la joven del retrato. Ninguna era tan bella, ninguna alcanzaba tal grado de perfección, y así pasaron años hasta que el emperador, cansado ya de la situación, malhumorado y solitario, mandó que las doncellas que aún traidas a la fuerza llegaran hasta el palacio y no fueran la joven de la mariposa, morirían decapitadas.
 
 
 
El pánico se extendió por todo el reino, las familias escondían a sus hijas casaderas, ya fuesen bellas o feas, todos temían el carácter agrio y autoritario del emperador y éste se volvió mas tirano cada día que pasaba. Con la esperanza de que algún día encontraran a la muchacha verdadera, los guardias le seguían llevando doncellas, pero todas corrían la misma suerte.
 
 
 
Pasó el tiempo, el emperador se hizo viejo y permaneció solo y amargado, todos los días contemplaba la frágil mariposa seca y aquel rostro sublime que le había transtornado la vida entera, tan inalcanzable y etéreo como una brisa de aire.
 
 
 
La joven Dulce había permanecido toda su vida en la humilde casa paterna, ajena a todo lo que su belleza había provocado, hasta que un día llegó la noticia de los hechos del palacio y eso le hirió profundamente. Se sintió mal y quiso reparar el mal causado, le dijo a su familia;
 
  • me voy al palacio del Emperador, tiene que saber que la joven pintada soy yo para que así cesen las muertes inocentes.
 
Una mañana se presentó sola en el palacio, pidió ver al Emperador y entró en su habitación.
 
 
 
  • Gran Señor, no busqueis mas, yo soy Dulce, la joven pintada en las alas de la mariposa. Mi padre antes de morir dedicó sus últimos días a pintar mi rostro en cientos de ellas que luego partían libres.
 
El Emperador la contempló largo rato, abrió una ventana y un rayo de luz fue a dar en pleno rostro de Dulce, pero la belleza que antaño había sido de seda y terciopelo ahora estaba poblada de arrugas y vejez.
 
 
 
-No. – contestó el Emperador- Me engañas, tu no puedes ser mi enamorada, tu eres vieja y tu piel está llena de arrugas. Como has querido engañarme te condeno a que mueras igual que las otras que lo han intentado, te cortarán la cabeza hoy mismo.
 
 
 
De nada sirvieron las súplicas de Dulce, los guardias la llevaron al calabozo y al atardecer fue decapitada.
 
Cuentan que en el mismo instante en que la cabeza de Dulce se separó de su cuello el Emperador sintió tanto dolor en su pecho que lanzó un grito al aire y ese aire hizo volar las alas secas de la mariposa pintada que, hechas polvo dorado, voló por la ventana del palacio perdiéndose para siempre.
 
 
 
Nada en este mundo de las apariencias es real ni perdurable, aún la mas excelente de las virtudes puede ser para otros la mayor de las desgracias, y la mayor muestra de amor puede volverse tiranía en el mundo de los apegos.
Florinda.



LAS VOCES DE LOS HOMBRES

Había una vez un hombre que tenía un extraño don; podía escuchar al unísono todas las voces de los hombres. Y de todos los tiempos, desde que el mundo fue creado, de modo que su cabeza era un constante parlamento en cientos de idiomas.
Lejos de alegrarse por ello, el hombre sufría terriblemente por tal circunstancia, pues no tenía descanso ni tregua alguna, día y noche las conversaciones, las risas, los llantos, las canciones no le dejaban tranquilo.
Ningún médico ni sacerdote le había podido curar, andaba el pobre dando tumbos, con las manos puestas en las orejas, demacrado y enloquecido, poseido por todas las voces de los hombres. Desesperado, acudió a la casa de un joven que tenía fama de milagrero y, a pesar de su poca fe, le pidió, le rogó arrodillado una solución para su problema.
El joven le escuchó en silencio, impasible ante su dolor, al cabo de unos momentos le tomó por los hombros, le hizo sentarse enfrente suyo y le preguntó;
-dime, ¿desde cuando tienes ese don?
-no recuerdo - respondió el hombre - desde siempre...apenas puedo hablar, pues no se ni lo que digo.
-tu problema es muy complejo. Debes de ser muy sabio puesto que escuchas todo lo que se ha dicho desde el principio de los tiempos, o quizás eres un gran necio si has hecho caso de todas las mentiras y patrañas que se dicen.
-ni una cosa ni otra, joven médico - respondió el hombre aturdido - jamás hize caso de ningún discurso.
El joven se mesó la barba ymirando al hombre con ojos de asombro preguntó;
-¿me quieres decir que en toda tu vida y con todos los hombres hablando en tu cabeza, jamás prestastes atención a una sola palabra?
-Así es, gran sabio, ¿acaso debía?
-¿nisiquiera los lamentos escuchastes?
-es que son tantos, además...¿cómo puedo saber yo cual es sincero y cual no?, ¡yo solo quiero que desaparezcan de mi cabeza para siempre!
El joven citó al hombre para que le volviera a visitar al día siguiente.
-ve con Dios, veré que puedo hacer por ti.




Al amanecer, el hombre que había esperado en la puerta de la casa del joven, le llamó ansioso
.-¡Dime por favor, las voces no callan, ya no caben en mi cabeza, creo que voy a enloquecer!
El joven, muy tranquilo, se preparó el desayuno, le dió de beber al hombre, y cuando acabó le hizo ademán de que se sentara frente a él. Entonces le dijo;
-Tengo dos noticias que darte. La primera dependerá de que tu aceptes la segunda.
-¡habla ya, joven del demonio!
-puedo quitar para siempre de tu cabeza las voces de los hombres, a condición de que aceptes ser un burro.
El hombre abrió los ojos desmesuradamente. No podía creer lo que escuchaba. Tras unos momentos de duda y asombro se atrevió a preguntar;
-¿quieres decirme que nunca mas escucharé las voces de los hombres dentro de mi cabeza?
-así es, te doy mi palabra.
-pero...un burro yo...una bestia de carga...¿qué clase de vida me espera?
-la vida de un burro, evidentemente. Pero a cambio tendrás lo que me pedistes.


No sin pena, el hombre aceptó, tal era su desesperación, y cuando salió de la casa era ya un pequeño burro pardo que se fue trotando por el camino. Desde luego el joven cumplió su palabra y nunca mas escuchó las voces de los hombres en su cabeza, sin embargo....
Había una vez un pequeño burro pardo que tenía un extraño don; podía escuchar al unísono todos los rebuznos de todos los burros que en el mundo han sido...
Florinda Ramos.
Dedicado a todos los que confunden palabras con rebuznos

EL CORAZON DEL ARBOL

Este cuento está inspirado en una antigua historia china que tiene también como protagonistas a un hombre, un árbol y un sueño. Confío en que a Chuang Tzu, el autor de la misma, no le disguste mi atrevimiento de reescribir su pequeño relato, donde quiera que esté, sabrá comprender ¡espero!...
Había una vez un maestro albañil, gran trabajador y con un gran espíritu de entrega hacia su labor, al cual nunca le faltaba trabajo. Era muy apreciado y requerido en toda la comarca pues sus vecinos conocían sobradamente las buenas cualidades del obrero. Sucedía que en muchas ocasiones le encargaban trabajos de piedra tallada y el maestro albañil hacía muchos viajes hacia la cantera la cual distaba de su taller unos cuantos kilómetros. No demasiados, pero si los suficientes para que el viaje de vuelta, el que hacía con la carga a cuestas, le resultase penoso en verano por el calor y en invierno por el frío y las ventiscas.
A medio camino entre el taller y la cantera había un gran árbol. Nadie sabía desde cuando el gigantesco árbol existía, ni los más ancianos del lugar tenían noticia de cuando se plantó o de como fue a crecer en uno de los lados del camino. Su tronco era grande, tanto que dos hombres no juntaban sus manos si lo rodeaban con sus brazos, y sus ramas frondosas y esparcidas por doquier llenaban su majestuosa copa.
Cada día, al ir hacia la cantera, el maestro albañil dejaba su pellejo hecho de piel de res lleno de agua al amparo del árbol, y, al regresar, allí lo encontraba para saciar su sed y mitigar un poco el cansancio. Dejaba la piedra que transportaba en el suelo, a la sombra de las ramas del árbol, y descansaba sus buenos ratos mientras las hojas se movían sobre su cabeza proporcionándole aire renovado.
A pesar de que vivía por y para su trabajo, el maestro albañil no era feliz. Al contrario, era un hombre de carácter agrio y siempre dispuesto a quejarse de su vida y a maldecir su suerte. Durante sus paradas bajo el árbol se dedicaba a lamentarse con gran desesperanza y amargura.
-¡Pobre de mí!, siempre trabajando, cargando piedras, golpeándolas, mi oficio es muy duro y sacrificado, mis manos están callosas y estropeadas, mi espalda me duele noche y día. ¡Que desgraciado soy!, no como tu, - se dirigía entonces al árbol- que estás aquí sin sufrir, la tierra te sostiene y la luz del Sol te hace crecer. Nada has de hacer para vivir. ¡Maldito seas, árbol del demonio!.
Así sucedía un día y otro también. Una noche se le presentó en sus sueños al obrero un duendecillo pequeño y delgado, vestido de hojas de árboles de todos los colores y pelo fino y lacio, como hilos de seda. Sus ojos eran grandes en comparación con el resto de su rostro y también sus delgados dedos eran desproporcionados.
-¿Quién eres? - le preguntó sorprendido el maestro albañil.
  • Soy un duende. No me mires así, se que soy extraño...pero tu tampoco eres una maravilla. - el duende se sentó en los pies de su cama y sonrió.- he venido a buscarte porque quiero que veas algo, ¡acompáñame!.
El duende dio un salto y salió por la puerta de la alcoba. El maestro albañil lo siguió lleno de curiosidad saliendo ambos a la calle, era noche cerrada pero la luna alumbraba en el cielo y también en el camino que andaban hasta que llegaron al sitio donde el árbol, aquel gran árbol, hubiera tenido que estar ¡pero no estaba!. El hombre se frotó los ojos, miró a los lados, no lo veía, era como si nunca hubiera estado allí el árbol, ¡su árbol!, porque aunque lo despreciara a diario por su aparente inmovilidad estaba acostumbrado a sentarse bajo su sombra y descansar.
-¿Qué ha pasado?, ¿dónde está mi árbol? - preguntó finalmente.
-¿tu árbol?..., querrás decir el árbol que tu no querías...- el pequeño duende cogió del suelo una reseca raíz y se puso a escarbar en la tierra distraidamente.
Pasaron unos minutos de silencio, el hombre parecía tan confundido que al fin el duende habló
-¿Quieres saber lo que le ha pasado al árbol?, siéntate entonces y te contaré una historia. Hace muchos años un hombre como tu hacía el mismo camino casi todos los días cargando también a sus espaldas las piedras para construir las casas del pueblo, se cansaba mucho y necesitaba un lugar para poder descansar en el viaje de vuelta. Un día se le ocurrió plantar en este sitio la semilla de un árbol, aún sabiendo que, siendo él mayor, quizás no llegaría a verlo crecido. Sin embargo pensó que tal vez cuando el árbol alcanzara su madurez su presencia aliviara los sudores de otro hombre que, al igual que él mismo, tuviera que cargar las pesadas piedras. Su corazón estaba feliz el día que vio surgir de entre la tierra el pequeño tallo que, mas tarde, se convertiría en el espléndido árbol que tu conociste. ¡Recuerdo muy bien aquel día, oh, si!. El hombre murió al poco tiempo, pero el árbol creció y creció con gran fuerza y se dedicó a guarecer bajo su amparo a cuantas criaturas se le acercaran, ya fuesen pájaros, serpientes, zorros, conejos o...hombres. No siempre fue fácil la tarea, los nidos de los pájaros le pesaban, las hormigas llenaban su corteza de infecciones, la sequía le dejaba sin fuerzas , el sol abrasador quemaba sus ramas y el viento quería arrebatárselas a toda costa, pero él, indomable y firme, aguantó todo cuanto pudo porque sabía que tenía un encargo que cumplir. Un día llegaría el hombre que transportaba piedras y le necesitaría. Y aquí estaba él, para cumplir su cometido.
El duende se arrodilló sobre un colchón de hojas secas y mirando a los ojos del hombre siguió su relato:
-Pero las cosas no fueron tal y como el árbol pensó. El hombre llegó, si, pero no parecía disfrutar del descanso que el árbol le ofrecía. Cada día que lo cobijaba le maldecía el ingrato, y así fue como el corazón del árbol se fue haciendo mas y mas débil, hasta que decidió morir.
El maestro albañil bajó la cabeza arrepentido y murmuró:
-Yo no sabía...
En ese momento el hombre notó como las sábanas se habían enrollado sobre su cuerpo y la luz del amanecer entraba por las rendijas del portón de su ventana. Estaba en su cama, todo había sido un sueño, ¡claro!, ¿qué otra cosa podía haber sido?.
Deprisa se alistó para salir camino a la cantera, agarró su pellejo lleno de agua y con paso apresurado devoró el tramo del camino que llegaba hasta el árbol, cuando divisó la imagen lejana del mismo su corazón palpitó de emoción y una sensación extraña para él le recorrió de arriba a abajo todo su cuerpo, ¡allí estaba su árbol, como siempre, esperándole!.
Aquel día, y el resto de los días, al regresar de la cantera, el hombre se sentaba sobre su piedra y cuentan los que le vieron que, tras beber un buen sorbo de agua, permanecía en silencio contemplando con devoción al inmenso árbol que tan generoso como siempre, le proporcionaba aquella sombra tan reconfortante.
Florinda.

UNO CON TODO

Deseo unirme a ti en el profundo,
cambiante, ígneo estado de las cosas.

Que nuestra luz, traspasando el mundo,
consiga iluminar cuevas y fosas,

que las aves adornen nuestras alas
y elevemos con esfuerzo de chamanes

a tantos cientos, miles, incontables
testimonios de vidas asombrosas,

desbordadas de dolores sin sentido,
acuciadas por el hambre del que teme

perderlo todo, habiéndolo tenido
al alcance de sus manos temblorosas.

Deseo que seamos uno con todo,
no saber donde nuestra piel termina,

difuminar nuestro ser, desapegar el lodo,
expandir, explotar, no tener modo

de dejar de fluir en el constante
latido lento de los cuarzos en las minas.

Florinda.

jueves, 10 de julio de 2014

NO HAY LLANTO


No hay dolor de los hombres
que no me duela,
ni lluvia que cayendo sobre el mundo
no me moje,
si estoy pisando la tierra que tu andas,
si soy sombra en la luz que me acompaña,
si escucho las voces de los vientos,
no hay risas de los hombres que no sienta,
ni nubes que yo ignore
y no descarguen sobre mi,
ni sol que no caliente mis mejillas.
Si por el mismo camino encuentro a tantos
con el pecho desnudo,
regalando rubíes corazones,
¿cómo puedo escapar de ser, siendo?
¿cómo voy a transcenderme deshaciendo
el trabajo de siglos de existencia?,
si respiro y veo y siento tanto
aunque yo no llore no hay llanto
que resbale por mi piel y yo lo ignore.

Florinda.

domingo, 9 de febrero de 2014

CELESTE EN NOVIEMBRE

En el frio atardecer, una mujer caminaba con paso cansado Ramblas abajo, hacia el puerto. Se mezclaba con la gente, pero parecía no ver a nadie, y nadie la miraba. Sus ojos enrojecidos y su tez pálida delataban un largo insomnio. Más de treinta horas de continua pesadilla, por fin, iban a quedar atrás. Había tomado una decisión, y nada le haría cambiarla. Necesitaba recuperar su vida, y para lograrlo estaba dispuesta a convertirse en una improvisada asesina.
Dos días antes;
Viernes tarde; Celeste abrió la puerta de su pequeño apartamento mas tarde de lo acostumbrado. Aquel viernes, a última hora de la tarde, el trabajo se complicó inesperadamente con la repentina muerte de la vieja Dora. Murió mientras cenaba, una de las cuidadoras le estaba metiendo en la boca cucharadas de un puré indescriptible, cuando de pronto la anciana comenzó a toser expulsando el puré sobre la muchacha. Tres toses fuertes seguidas de lo que parecía un quejido hondo, eso fue todo. Así murió Dora, la usuaria de la habitación 212 del geriátrico.
Como directora del centro, Celeste se había encargado de todos los trámites burocráticos del óbito y, por si eso fuera poco, también de que en el geriátrico la muerte de la anciana pasara lo mas inadvertida posible.
-¡Pero por Dios! – les había reñido a las auxiliares- ¿es qué no podéis hacer las cosas con un mínimo de sentido común?, al final todo me lo cargo yo.
Era la misma canción de siempre, los mismos reproches, el mismo cansancio y las mismas ganas de llegar a su casa, su refugio, cerrar la puerta y olvidarse de todo.
Unos quince minutos después se sumergía en una reconfortante bañera rebosante de espuma, mientras su teléfono móvil sonaba por segunda vez sobre la pequeña mesita de la cocina.


La mujer ni se inmutaba, despreciando las llamadas. Cuando por fin el sonido del teléfono cesó volvió la mas absoluta calma a la casa, tan solo se percibían los sordos gorgoteos del baño espumoso.
Celeste observó la oscuridad que se colaba a través de la puerta entreabierta del baño y entonces cerró los ojos exhalando un buen suspiro.
De repente, un sonido de cristales rotos que parecía venir del saloncito, acabó con aquella quietud. Los ojos de Celeste se abrieron de par en par y sintió como todos los músculos de su cuerpo se tensaban bruscamente. Intentaba procesar el sonido para averiguar que podía ser cuando unos pasos lentos se acercaron por el pasillo. Venciendo su miedo se envolvió en la toalla y lentamente salió a la negrura del pasillo. Parecía vacío, avanzó con pasos asustados hasta la cocina y cuando se disponía a encender la luz, de nuevo sonó su teléfono.
Esto le asustó y al apresurarse por coger el aparato, este cayó al suelo desmontándose por el impacto, rodando sus piezas por el piso. Salió de la cocina y, todavía en oscuridad, entró en el salón. Las siluetas de los muebles destacaban su perfil gracias a la escasa luz que se filtraba por entre las persianas de las dos ventanas. A tientas llegó hasta el interruptor de pared de la sala, lo accionó una y otra vez sin respuesta ninguna. Sin titubear, se dirigió entonces de nuevo al pasillo descubriendo entonces que tampoco la luz del baño funcionaba.
En medio de aquel oscuro silencio que le rodeaba se escuchaban los fuertes latidos del corazón de Celeste. Parecía muy asustada. Allí, en el pasillo de su casa, a su derecha el pequeño salón envuelto en tinieblas, a su izquierda su dormitorio, completamente oscurecido, Celeste pegó su espalda húmeda a la fría pared intentando tranquilizar su agitada respiración.
Permaneció allí horas enteras, como si le hubieran clavado los pies al piso, incapaz de tomar una decisión, hasta que su cuerpo vencido por el cansancio fue resbalando por la pared y finalmente acabó sentada. Estaba entrando en un pesado estado de sopor que no conseguía dominar aunque lo intentaba. De ninguna manera quería dejar de estar atenta por si se repetían los ruidos que le dieran alguna pista de lo que estaba sucediendo en su casa, pero ese estado de permanente alerta le agotaba.
Cuando su cabeza se tambaleó cayendo sobre los brazos cruzados apoyados en las rodillas, una fuerte ráfaga de aire congelado la envolvió. Una de las ventanas del saloncito se había abierto de golpe, la persiana que antes estaba abajo, ahora se hallaba completamente subida, dejando que el apartamento se inundara del gélido amanecer de noviembre.
Celeste se despertó de inmediato, tiritaba de frio y, sin pensarlo dos veces, corrió hasta la ventana. Los primeros rayos de sol se abrían paso entre una selva de cemento, terrazas solitarias y antenas. En lugar de cerrar la ventana permaneció allí contemplando el exterior, recordando la pesadilla de la noche.
-Yo no lo haría.
La voz sonó grave, pausada, con una seguridad en su tono que sobrecogía. Voz de hombre. Celeste quedó paralizada.
Lentamente, con un gran esfuerzo, fue girando su cuerpo hacia el interior del salón. Sentado en su sillón, un hombre extraño la observaba.
-¿Quién es usted?- consiguió balbucear al fin. El traje negro contrastaba con la extrema palidez de su rostro. Apenas tenía cabello y sus facciones eran afiladas. Celeste observó sus ojos hundidos y mates, sin brillo. Algo en aquel ser parecía no ser de este mundo.
-No puedes escapar.-dijo el hombre, ignorando la pregunta de la mujer-Lo sabes ¿verdad?.
Celeste instintivamente miró de nuevo hacia el exterior de la ventana.
-Te matarías, si, pero no serviría de nada.
-Salga de mi casa ahora mismo.- Celeste apretó los puños tensando todos y cada uno de los músculos de su cuerpo. Tenía que defenderse.
-No.- El hombre paseó una y otra vez su bastón de una mano a la otra, mostrando la empuñadura dorada en forma de una cabeza de serpiente. Era un movimiento hipnótico que captó de inmediato la atención de Celeste.-Me necesitas, y yo a ti.
Se hizo un silencio tenso entre ambos que duró una eternidad.
-Vas a hacer lo que yo te diga, o no te librarás de mi.-dijo el hombre sonriendo sarcásticamente. Se levantó y caminó hacia la puerta, antes de abrirla se giró hacia Celeste diciendo;- ahora puedes vestirte. Volveré para darte mis instrucciones.
Sin más, salió del apartamento cerrando la puerta tras de si.
Celeste tardó apenas diez segundos en reaccionar, corrió hacia la puerta con intención de escapar, pero la cerradura no giraba. Incomprensiblemente permanecía firme, como pegada al hierro que la sostenía.
-¡Gira maldita sea!
Buscó en su bolso y no encontró las llaves, el hombre se había apoderado de sus llaves y no podía salir. Abrió la caja del cuadro de luz y comprobó que todo estaba correcto, lo cual dejaba la falta de luz sin explicación. Fue hacia la cocina a recomponer su teléfono, recuperó las piezas del suelo, menos la batería, que no aparecía por ninguna parte. Era evidente que aquel ser se la había llevado junto con las llaves.
Lentamente fue hacia el dormitorio, se vistió y se tumbó en la cama. El agotamiento le hacía cerrar los ojos pero ella luchaba por mantenerlos abiertos.
Un vaho gélido acarició el rostro de Celeste, abrió sus ojos y lo vio. Él estaba allí, imperturbable, sentado enfrente suyo. De nuevo el corazón de la mujer se desbocaba sin remedio. Ahora que lo tenía más cerca podía observar la transparencia de su piel, el tono mortecino de sus pupilas, sus afilados dedos coronados de largas uñas sujetando el bastón con la empuñadura dorada.
-Vas a matar a una persona.- La voz del hombre carecía de matices, era la voz mas impersonal que Celeste había escuchado en su vida.- La víctima es una mujer que tú conoces. Puede que pienses que no serás capaz, pero te aseguro que si lo eres. Tan solo debes de tener la motivación adecuada.
-No lo haré.- musitó Celeste.
.Está bien.- El hombre se levantó del sillón y caminó lentamente hacia el pasillo, - entonces sufrirás las consecuencias.
Tras la amenaza abandonó de nuevo el apartamento. Celeste permanecía sentada en el borde de su cama, sus manos sujetaban su aturdida y pesada cabeza, cuando un olor nauseabundo le llegó obligándola a salir de ese estado. Caminó por su casa buscando la causa, llegó al baño. La bañera permanecía medio llena de agua, pero no era el agua del baño de Celeste, era un líquido rojizo manchado de porquería. Ante eso, Celeste tuvo arcadas de vómito, haciendo acopio de valor se acercó a la bañera y estiró de la cadena del desagüe. El olor fue insoportable, cogió una toalla y se tapó la nariz y la boca. Mientras el agua sucia huía arremolinada de su sitio, Celeste comenzaba a entrever un macabro regalo; ocupando el fondo de su bañera habían un montón de enormes ratas peludas, todas destripadas.
Celeste gritó presa del pánico, salió corriendo del baño y fue hacia la puerta del apartamento, la cerradura seguía sin responder, aporreó la puerta gritando durante un buen rato, pero nadie respondió a su llamada. Cuando al fin, agotada, dejó de hacerlo, se dirigió hacia uno de los sillones, cayendo pesadamente en él, y rompió a llorar.
Celeste subió sus pies en el sillón y ocultando su cabeza entre sus brazos dejó pasar el tiempo, cediendo al hecho de que, por más que lo intentara, no podría salir de su casa, ni comunicarse con nadie. Estaba a merced de aquel sujeto que entraba y salía de su apartamento y la tenía amenazada.
De pronto la puerta se abrió y apareció él de nuevo, con una sonrisa sarcástica miró a Celeste, cerró la puerta con suavidad y se sentó frente a ella.
-Huele mal, ¿verdad?. Debes de tener algo pudriéndose cerca de aquí.
-¿Qué quiere de mi?
-Ya te lo dije. Quiero que mates a una persona.
-¡No puedo hacer eso!- gritó Celeste.
-Sí que puedes…y lo harás.
El hombre apoyó su bastón en el sillón, de modo que la cabeza de la serpiente dorada miraba fijamente a Celeste.
-Es una cobra,-explicó el hombre- la cobra, cuando se siente amenazada, silba, se endereza, despliega sus capuchas y se prepara para escupir su veneno. Es la más inteligente de las serpientes.
-¿Qué me pasará si no la mato?-preguntó Celeste
-Que no te dejaré vivir en paz por el resto de tu vida. Suficiente razón, ¿no crees?
-¿Quién es esa mujer?
-Su nombre no importa. Sus acciones son las que determinan su destino. Sus “malas” acciones. Digamos que merece morir.
-¿Qué ha hecho para merecer la muerte?, ¿y quién es usted para juzgar las acciones de nadie?- Celeste le habló en un tono despreciativo
-¿Acaso crees que la soberbia es una cualidad?
-¡Me irrita que nunca conteste a mis preguntas!
El hombre levantó su bastón a la altura de su mirada y dijo parsimoniosamente;
-Y a mí me irrita que mi bastón sea más inteligente que tú.-Lo volvió a apoyar en el suelo,-ha llegado el momento que desaparezca. No te hagas ilusiones, estoy hablando de la mujer; tu víctima. Te he elegido a ti porque solo tú puedes hacerlo. Al fin y al cabo ella ha estado sometiendo tu voluntad mucho más de lo que puedo hacerlo yo ahora mismo, solo que tú se lo permitías.
-Eso no es verdad, no hay nadie así en mi vida.
-Ilusa. Pero ya me lo esperaba. Apegada a tu bonito castillo de naipes no te das ni cuenta de que no hay piso.
El hombre se levantó y caminó por la habitación observando a Celeste.
Te dejaré unas horas para que pienses. Mañana volveré y te diré como y donde la matarás.
Aquella noche, Celeste no pudo conciliar un sueño tranquilo. Cada vez que el agotamiento le vencía, aparecía en su ensoñación la imagen del hombre y esto le producía pequeñas descargas nerviosas que le hacían dar botes en la cama. La ventana de su dormitorio estaba abierta para que se disipara la pestilencia que venía del baño y Celeste tiritaba de frio ante el amanecer otoñal. El hombre volvería. Se lo había dicho y ella lo esperaba.
-Cuando todo acabe deberías ir a tu médico.-La voz sonó detrás de la mujer, que se estaba lavando la cara en el fregadero de la cocina-Tienes muy mal aspecto.
Celeste no lo oyó llegar, ni tan solo escuchó la puerta.
-Será hoy domingo, por la tarde, en el puerto.
-No lo haré.
-Lo harás, porque no puedes elegir. Es ella o tú. Ahora no lo comprendes por tu falta de criterio. Estás en su poder, te ha seducido con sus argumentos fantasiosos, sus promesas idílicas, pero cuando te libres de ella lo verás muy claro. Crees que si la matas no podrás vivir, ¿no es cierto? . Yo te digo que es al contrario, si la dejas vivir, tú serás la muerta.
-No entiendo nada, no se de que me está hablando.
-¡Naturalmente!, porque te tiene en su poder. Ella juega a confundirte con sus argumentos, yo juego a obligarte a que te defiendas. Las cosas, querida Celeste, nunca son como parecen.-El hombre tomó asiento en el sillón, cruzó sus piernas, apoyó los codos en los brazos de la butaca y juntó los dedos de sus manos sobre el bastón.-Tu naturaleza es débil como mantequilla, ¡pero no te sientas mal!, la naturaleza humana comúnmente es así. Por eso tus oídos se rinden al halago. Esa mujer te halaga, es miel para el goloso, y tu mente se empapa, se aletarga, te quita tu poder. Parece que te lo está dando, pero en realidad es una ladrona que saldrá huyendo con tu alma si se lo permites. Ahora piensas que no sabes quien es, pero tranquila, la reconocerás en cuanto la veas. Entonces entenderás. Esta tarde, a las siete en punto, saldrás de esta casa, te dirigirás al metro, irás hasta la parada de Drassanes, allí saldrás a la calle y caminarás por la Rambla rumbo al puerto. Cuando llegues a los escalones del Moll de les Drassanes, esperas. A las ocho en punto tienes que empujar a esa mujer al agua. No sabe nadar, y a esa hora no habrá nadie por allá para rescatarla. Hazlo así, no cambies nada. Después regresas a casa y yo habré desaparecido de tu vida.
-¿Qué seguridad tengo de que cumpla su palabra?
-¿acaso crees que me quedaría con un ser tan inferior como tú?, nisiquiera para torturarte, vales muy poco, tengo presas mejores que conseguir.
-Si es así, ¿por qué no me deja en paz?, yo no le he pedido que me salve de ninguna ladrona.
-De nuevo te confundes. No es a ti a quien salvo, sino a ella. Tu seguirás con tu mediocre vida pero ella…
El hombre se levantó dispuesto a marcharse de nuevo.
-…ella vivirá de otra manera.
Celeste contempló como cerraba la puerta. No tenía fuerzas para luchar. Aquellas horas de locura eran tan espesas e irreales que por primera vez se vio en sus ojos un extraño brillo. Al cabo de unas horas, todavía resonaban en la habitación las palabras del hombre; “… a las ocho en punto tienes que empujar a la mujer al agua… después regresas a casa y yo habré desaparecido de tu vida.” Caminó nerviosa de un lado para otro. El sol vencía por entre los tejados, miró el reloj de pared, ¡las seis y media!. Celeste fue hacia la puerta, accionó la maneta y ésta cedió abriéndose. Volvió a cerrar de golpe.
Fue hacia su habitación, el aire frío se mezclaba con el espeso olor de las ratas muertas. Se calzó con movimientos lentos y la vista fija en ningún lugar. Al pasar frente al espejo de su tocador, no vio su reflejo, no reconoció a la mujer que la miraba desde el cristal, vio una extraña sin alma vencida por el miedo.
En el frio atardecer, Celeste caminaba con paso cansado Ramblas abajo, hacia el puerto. Se mezclaba con la gente pero parecía no ver a nadie y nadie la miraba. Sus ojos enrojecidos y su tez pálida delataban un largo insomnio. Mas de treinta horas de continua pesadilla, por fin, iban a quedar atrás., Había tomado una decisión y nada le haría cambiar. Necesita recuperar su vida y para lograrlo estaba dispuesta a convertirse en una improvisada asesina.
Hacía frío y el viento acentuaba la sensación de invierno anticipado. Celeste caminó hasta los grandes escalones del muelle, frente a ella dos oscuridades se juntaban en una sola línea, la negrura húmeda e inquietante del mar y la de un cielo intuido. Miró su reloj de pulsera, las ocho menos diez minutos. El la había dicho que esperara, que la mujer llegaría. Miró a su alrededor, no había nadie. Las ocho menos cinco minutos, Celeste sentía que sus piernas se estaban entumeciendo, necesitada de moverse un poco, dio unos pasos a lo largo del escalón, bajó hasta el último y se quedó mirando el agua y los reflejos de las luces en ella. Dos minutos para las ocho. Celeste estaba muy nerviosa, se giró varias veces esperando ver a la mujer. De pronto sintió que su mente se le giraba también, pero no con su cuerpo, y el mareo hizo que perdiera el equilibrio y trastabilleó unos cuantos pasos, acercándose peligrosamente al filo del escalón.
El tiempo se detuvo en el instante en que su reloj de pulsera marcaba las ocho en punto. El cuerpo de Celeste se balanceó pesadamente y unas manos la sujetaron fuertemente por la espalda. Celeste tardó en reaccionar unos instantes eternos.
-¡Señora, tenga más cuidado, podría haberse caído al agua!
El hombre que la había salvado tenía la voz joven pero la apariencia de un viejo mendigo, cando le dio la espalda para marcharse, Celeste vio que en su destartalado petate brillaba un objeto dorado, algo así como una cabeza de serpiente.
 Florinda, 9 /2/ 2014