sábado, 19 de julio de 2014

ALAS DE MARIPOSA

Esta es una adaptación libre sobre un relato tradicional japonés que he escrito, espero que os guste.



 
Erase una vez en Japón, hace muchos, muchos años, un hombre humilde, campesino muy trabajador, que en los pocos ratos que tenía libres tomaba sus pinceles y los dedicaba a pintar. Iroshi, que así se llamaba el hombre, tenía el alma de artista y el don en sus manos, pero la vida le había hecho responsable de sacar adelante a una familia así que pocos eran esos momentos en los que se deleitaba con sus pinturas. Iroshi tenía una hija bellísima a la que llamó Dulce, era tan bella que cuando salía a pasear por el campo las flores se abrían a su paso exhalando su perfume y los pájaros detenían su vuelo, se posaban en las ramas de los árboles y regalaban sus trinos a la bella Dulce.
 
Un día su padre le dijo;
 
-Hija mía, antes de que muera quisiera plasmar tu belleza con mis pinceles, pero no usaré lienzo ni tela, sino que pediré a todas las mariposas que vea que me dejen sus alas para que allí pinte tu rostro
 
 
 
Y así lo hizo. Durante días y días Iroshi pintó en cientos de alas de mariposa el bello rostro de Dulce. Las mariposas volaban, iban y venían alrededor del pintor y su hija en un espectáculo de colorido y armonía. Cuando Iroshi terminó su labor, se fue a descansar y ya no se volvió a despertar jamás.
 
 
 
Pasaron los días y estando el joven emperador de Japón disfrutando de su jardín vio posar sobre una planta una hermosa mariposa cuyo extraño colorido le llamó la atención. Se acercó sigiloso y observó un buen rato el rostro pintado de la joven mas hermosa que jamás hubiera visto. Enseguida se enamoró perdidamente, mandó a sus guardias que capturaran con cuidado a la mariposa para poder verla con detenimiento. Así lo hicieron. El joven emperador, desde ese día, pasaba horas contemplando ese rostro en las alas ya secas de la mariposa. Su amor no cesaba y comprendiendo que debía de hacer algo al respecto, mandó lo siguiente;
 
 
 
-Quiero que a partir de hoy la guardia salga a buscar por todo el Imperio la dueña de ese retrato. No escatimar esfuerzos porque cuando la encontreis la convertiré en mi esposa y recompensaré con creces vuestra dedicación. Tal es mi deseo.
 
 
 
Los guardias de la corte buscaban por doquier y cuando encontraban a una joven de singular belleza la llevaban hasta el palacio para compararla con la joven del retrato. Ninguna era tan bella, ninguna alcanzaba tal grado de perfección, y así pasaron años hasta que el emperador, cansado ya de la situación, malhumorado y solitario, mandó que las doncellas que aún traidas a la fuerza llegaran hasta el palacio y no fueran la joven de la mariposa, morirían decapitadas.
 
 
 
El pánico se extendió por todo el reino, las familias escondían a sus hijas casaderas, ya fuesen bellas o feas, todos temían el carácter agrio y autoritario del emperador y éste se volvió mas tirano cada día que pasaba. Con la esperanza de que algún día encontraran a la muchacha verdadera, los guardias le seguían llevando doncellas, pero todas corrían la misma suerte.
 
 
 
Pasó el tiempo, el emperador se hizo viejo y permaneció solo y amargado, todos los días contemplaba la frágil mariposa seca y aquel rostro sublime que le había transtornado la vida entera, tan inalcanzable y etéreo como una brisa de aire.
 
 
 
La joven Dulce había permanecido toda su vida en la humilde casa paterna, ajena a todo lo que su belleza había provocado, hasta que un día llegó la noticia de los hechos del palacio y eso le hirió profundamente. Se sintió mal y quiso reparar el mal causado, le dijo a su familia;
 
  • me voy al palacio del Emperador, tiene que saber que la joven pintada soy yo para que así cesen las muertes inocentes.
 
Una mañana se presentó sola en el palacio, pidió ver al Emperador y entró en su habitación.
 
 
 
  • Gran Señor, no busqueis mas, yo soy Dulce, la joven pintada en las alas de la mariposa. Mi padre antes de morir dedicó sus últimos días a pintar mi rostro en cientos de ellas que luego partían libres.
 
El Emperador la contempló largo rato, abrió una ventana y un rayo de luz fue a dar en pleno rostro de Dulce, pero la belleza que antaño había sido de seda y terciopelo ahora estaba poblada de arrugas y vejez.
 
 
 
-No. – contestó el Emperador- Me engañas, tu no puedes ser mi enamorada, tu eres vieja y tu piel está llena de arrugas. Como has querido engañarme te condeno a que mueras igual que las otras que lo han intentado, te cortarán la cabeza hoy mismo.
 
 
 
De nada sirvieron las súplicas de Dulce, los guardias la llevaron al calabozo y al atardecer fue decapitada.
 
Cuentan que en el mismo instante en que la cabeza de Dulce se separó de su cuello el Emperador sintió tanto dolor en su pecho que lanzó un grito al aire y ese aire hizo volar las alas secas de la mariposa pintada que, hechas polvo dorado, voló por la ventana del palacio perdiéndose para siempre.
 
 
 
Nada en este mundo de las apariencias es real ni perdurable, aún la mas excelente de las virtudes puede ser para otros la mayor de las desgracias, y la mayor muestra de amor puede volverse tiranía en el mundo de los apegos.
Florinda.



LAS VOCES DE LOS HOMBRES

Había una vez un hombre que tenía un extraño don; podía escuchar al unísono todas las voces de los hombres. Y de todos los tiempos, desde que el mundo fue creado, de modo que su cabeza era un constante parlamento en cientos de idiomas.
Lejos de alegrarse por ello, el hombre sufría terriblemente por tal circunstancia, pues no tenía descanso ni tregua alguna, día y noche las conversaciones, las risas, los llantos, las canciones no le dejaban tranquilo.
Ningún médico ni sacerdote le había podido curar, andaba el pobre dando tumbos, con las manos puestas en las orejas, demacrado y enloquecido, poseido por todas las voces de los hombres. Desesperado, acudió a la casa de un joven que tenía fama de milagrero y, a pesar de su poca fe, le pidió, le rogó arrodillado una solución para su problema.
El joven le escuchó en silencio, impasible ante su dolor, al cabo de unos momentos le tomó por los hombros, le hizo sentarse enfrente suyo y le preguntó;
-dime, ¿desde cuando tienes ese don?
-no recuerdo - respondió el hombre - desde siempre...apenas puedo hablar, pues no se ni lo que digo.
-tu problema es muy complejo. Debes de ser muy sabio puesto que escuchas todo lo que se ha dicho desde el principio de los tiempos, o quizás eres un gran necio si has hecho caso de todas las mentiras y patrañas que se dicen.
-ni una cosa ni otra, joven médico - respondió el hombre aturdido - jamás hize caso de ningún discurso.
El joven se mesó la barba ymirando al hombre con ojos de asombro preguntó;
-¿me quieres decir que en toda tu vida y con todos los hombres hablando en tu cabeza, jamás prestastes atención a una sola palabra?
-Así es, gran sabio, ¿acaso debía?
-¿nisiquiera los lamentos escuchastes?
-es que son tantos, además...¿cómo puedo saber yo cual es sincero y cual no?, ¡yo solo quiero que desaparezcan de mi cabeza para siempre!
El joven citó al hombre para que le volviera a visitar al día siguiente.
-ve con Dios, veré que puedo hacer por ti.




Al amanecer, el hombre que había esperado en la puerta de la casa del joven, le llamó ansioso
.-¡Dime por favor, las voces no callan, ya no caben en mi cabeza, creo que voy a enloquecer!
El joven, muy tranquilo, se preparó el desayuno, le dió de beber al hombre, y cuando acabó le hizo ademán de que se sentara frente a él. Entonces le dijo;
-Tengo dos noticias que darte. La primera dependerá de que tu aceptes la segunda.
-¡habla ya, joven del demonio!
-puedo quitar para siempre de tu cabeza las voces de los hombres, a condición de que aceptes ser un burro.
El hombre abrió los ojos desmesuradamente. No podía creer lo que escuchaba. Tras unos momentos de duda y asombro se atrevió a preguntar;
-¿quieres decirme que nunca mas escucharé las voces de los hombres dentro de mi cabeza?
-así es, te doy mi palabra.
-pero...un burro yo...una bestia de carga...¿qué clase de vida me espera?
-la vida de un burro, evidentemente. Pero a cambio tendrás lo que me pedistes.


No sin pena, el hombre aceptó, tal era su desesperación, y cuando salió de la casa era ya un pequeño burro pardo que se fue trotando por el camino. Desde luego el joven cumplió su palabra y nunca mas escuchó las voces de los hombres en su cabeza, sin embargo....
Había una vez un pequeño burro pardo que tenía un extraño don; podía escuchar al unísono todos los rebuznos de todos los burros que en el mundo han sido...
Florinda Ramos.
Dedicado a todos los que confunden palabras con rebuznos

EL CORAZON DEL ARBOL

Este cuento está inspirado en una antigua historia china que tiene también como protagonistas a un hombre, un árbol y un sueño. Confío en que a Chuang Tzu, el autor de la misma, no le disguste mi atrevimiento de reescribir su pequeño relato, donde quiera que esté, sabrá comprender ¡espero!...
Había una vez un maestro albañil, gran trabajador y con un gran espíritu de entrega hacia su labor, al cual nunca le faltaba trabajo. Era muy apreciado y requerido en toda la comarca pues sus vecinos conocían sobradamente las buenas cualidades del obrero. Sucedía que en muchas ocasiones le encargaban trabajos de piedra tallada y el maestro albañil hacía muchos viajes hacia la cantera la cual distaba de su taller unos cuantos kilómetros. No demasiados, pero si los suficientes para que el viaje de vuelta, el que hacía con la carga a cuestas, le resultase penoso en verano por el calor y en invierno por el frío y las ventiscas.
A medio camino entre el taller y la cantera había un gran árbol. Nadie sabía desde cuando el gigantesco árbol existía, ni los más ancianos del lugar tenían noticia de cuando se plantó o de como fue a crecer en uno de los lados del camino. Su tronco era grande, tanto que dos hombres no juntaban sus manos si lo rodeaban con sus brazos, y sus ramas frondosas y esparcidas por doquier llenaban su majestuosa copa.
Cada día, al ir hacia la cantera, el maestro albañil dejaba su pellejo hecho de piel de res lleno de agua al amparo del árbol, y, al regresar, allí lo encontraba para saciar su sed y mitigar un poco el cansancio. Dejaba la piedra que transportaba en el suelo, a la sombra de las ramas del árbol, y descansaba sus buenos ratos mientras las hojas se movían sobre su cabeza proporcionándole aire renovado.
A pesar de que vivía por y para su trabajo, el maestro albañil no era feliz. Al contrario, era un hombre de carácter agrio y siempre dispuesto a quejarse de su vida y a maldecir su suerte. Durante sus paradas bajo el árbol se dedicaba a lamentarse con gran desesperanza y amargura.
-¡Pobre de mí!, siempre trabajando, cargando piedras, golpeándolas, mi oficio es muy duro y sacrificado, mis manos están callosas y estropeadas, mi espalda me duele noche y día. ¡Que desgraciado soy!, no como tu, - se dirigía entonces al árbol- que estás aquí sin sufrir, la tierra te sostiene y la luz del Sol te hace crecer. Nada has de hacer para vivir. ¡Maldito seas, árbol del demonio!.
Así sucedía un día y otro también. Una noche se le presentó en sus sueños al obrero un duendecillo pequeño y delgado, vestido de hojas de árboles de todos los colores y pelo fino y lacio, como hilos de seda. Sus ojos eran grandes en comparación con el resto de su rostro y también sus delgados dedos eran desproporcionados.
-¿Quién eres? - le preguntó sorprendido el maestro albañil.
  • Soy un duende. No me mires así, se que soy extraño...pero tu tampoco eres una maravilla. - el duende se sentó en los pies de su cama y sonrió.- he venido a buscarte porque quiero que veas algo, ¡acompáñame!.
El duende dio un salto y salió por la puerta de la alcoba. El maestro albañil lo siguió lleno de curiosidad saliendo ambos a la calle, era noche cerrada pero la luna alumbraba en el cielo y también en el camino que andaban hasta que llegaron al sitio donde el árbol, aquel gran árbol, hubiera tenido que estar ¡pero no estaba!. El hombre se frotó los ojos, miró a los lados, no lo veía, era como si nunca hubiera estado allí el árbol, ¡su árbol!, porque aunque lo despreciara a diario por su aparente inmovilidad estaba acostumbrado a sentarse bajo su sombra y descansar.
-¿Qué ha pasado?, ¿dónde está mi árbol? - preguntó finalmente.
-¿tu árbol?..., querrás decir el árbol que tu no querías...- el pequeño duende cogió del suelo una reseca raíz y se puso a escarbar en la tierra distraidamente.
Pasaron unos minutos de silencio, el hombre parecía tan confundido que al fin el duende habló
-¿Quieres saber lo que le ha pasado al árbol?, siéntate entonces y te contaré una historia. Hace muchos años un hombre como tu hacía el mismo camino casi todos los días cargando también a sus espaldas las piedras para construir las casas del pueblo, se cansaba mucho y necesitaba un lugar para poder descansar en el viaje de vuelta. Un día se le ocurrió plantar en este sitio la semilla de un árbol, aún sabiendo que, siendo él mayor, quizás no llegaría a verlo crecido. Sin embargo pensó que tal vez cuando el árbol alcanzara su madurez su presencia aliviara los sudores de otro hombre que, al igual que él mismo, tuviera que cargar las pesadas piedras. Su corazón estaba feliz el día que vio surgir de entre la tierra el pequeño tallo que, mas tarde, se convertiría en el espléndido árbol que tu conociste. ¡Recuerdo muy bien aquel día, oh, si!. El hombre murió al poco tiempo, pero el árbol creció y creció con gran fuerza y se dedicó a guarecer bajo su amparo a cuantas criaturas se le acercaran, ya fuesen pájaros, serpientes, zorros, conejos o...hombres. No siempre fue fácil la tarea, los nidos de los pájaros le pesaban, las hormigas llenaban su corteza de infecciones, la sequía le dejaba sin fuerzas , el sol abrasador quemaba sus ramas y el viento quería arrebatárselas a toda costa, pero él, indomable y firme, aguantó todo cuanto pudo porque sabía que tenía un encargo que cumplir. Un día llegaría el hombre que transportaba piedras y le necesitaría. Y aquí estaba él, para cumplir su cometido.
El duende se arrodilló sobre un colchón de hojas secas y mirando a los ojos del hombre siguió su relato:
-Pero las cosas no fueron tal y como el árbol pensó. El hombre llegó, si, pero no parecía disfrutar del descanso que el árbol le ofrecía. Cada día que lo cobijaba le maldecía el ingrato, y así fue como el corazón del árbol se fue haciendo mas y mas débil, hasta que decidió morir.
El maestro albañil bajó la cabeza arrepentido y murmuró:
-Yo no sabía...
En ese momento el hombre notó como las sábanas se habían enrollado sobre su cuerpo y la luz del amanecer entraba por las rendijas del portón de su ventana. Estaba en su cama, todo había sido un sueño, ¡claro!, ¿qué otra cosa podía haber sido?.
Deprisa se alistó para salir camino a la cantera, agarró su pellejo lleno de agua y con paso apresurado devoró el tramo del camino que llegaba hasta el árbol, cuando divisó la imagen lejana del mismo su corazón palpitó de emoción y una sensación extraña para él le recorrió de arriba a abajo todo su cuerpo, ¡allí estaba su árbol, como siempre, esperándole!.
Aquel día, y el resto de los días, al regresar de la cantera, el hombre se sentaba sobre su piedra y cuentan los que le vieron que, tras beber un buen sorbo de agua, permanecía en silencio contemplando con devoción al inmenso árbol que tan generoso como siempre, le proporcionaba aquella sombra tan reconfortante.
Florinda.

UNO CON TODO

Deseo unirme a ti en el profundo,
cambiante, ígneo estado de las cosas.

Que nuestra luz, traspasando el mundo,
consiga iluminar cuevas y fosas,

que las aves adornen nuestras alas
y elevemos con esfuerzo de chamanes

a tantos cientos, miles, incontables
testimonios de vidas asombrosas,

desbordadas de dolores sin sentido,
acuciadas por el hambre del que teme

perderlo todo, habiéndolo tenido
al alcance de sus manos temblorosas.

Deseo que seamos uno con todo,
no saber donde nuestra piel termina,

difuminar nuestro ser, desapegar el lodo,
expandir, explotar, no tener modo

de dejar de fluir en el constante
latido lento de los cuarzos en las minas.

Florinda.

jueves, 10 de julio de 2014

NO HAY LLANTO


No hay dolor de los hombres
que no me duela,
ni lluvia que cayendo sobre el mundo
no me moje,
si estoy pisando la tierra que tu andas,
si soy sombra en la luz que me acompaña,
si escucho las voces de los vientos,
no hay risas de los hombres que no sienta,
ni nubes que yo ignore
y no descarguen sobre mi,
ni sol que no caliente mis mejillas.
Si por el mismo camino encuentro a tantos
con el pecho desnudo,
regalando rubíes corazones,
¿cómo puedo escapar de ser, siendo?
¿cómo voy a transcenderme deshaciendo
el trabajo de siglos de existencia?,
si respiro y veo y siento tanto
aunque yo no llore no hay llanto
que resbale por mi piel y yo lo ignore.

Florinda.