Tocas
en vano con esa manija, esa cabeza de perro en cobre, gastada, sin
relieves: semejante a la cabeza de un feto canino en los museos de
ciencias naturales. Imaginas que el perro te sonríe y sueltas su
contacto helado. La puerta cede al empuje levísimo, de tus dedos, y
antes de entrar miras por última vez sobre tu hombro, frunces el
ceño porque la larga fila detenida de camiones y autos gruñe, pita,
suelta el humo insano de su prisa. Tratas, inútilmente de retener
una sola imagen de ese mundo exterior indiferenciado.
Cierras
el zaguán detrás de ti e intentas penetrar la oscuridad de ese
callejón techado -patio, porque puedes oler el musgo, la humedad de
las plantas, las raíces podridas, el perfume adormecedor y espeso-.
Buscas en vano una luz que te guíe. Buscas la caja de fósforos en
la bolsa de tu saco pero esa voz aguda y cascada te advierte desde
lejos:
-No...
no es necesario. Le ruego. Camine trece pasos hacia el frente y
encontrará la escalera a su derecha. Suba, por favor. Son veintidós
escalones. Cuéntelos.
Trece.
Derecha. Veintidós.
El
olor de la humedad, de las plantas podridas, te envolverá mientras
marcas tus pasos, primero sobre las baldosas de piedra, enseguida
sobre esa madera crujiente, fofa por la humedad y el encierro.
Cuentas en voz baja hasta veintidós y te detienes, con la caja de
fósforos entre las manos, el portafolio apretado contra las
costillas. Tocas esa puerta que huele a pino viejo y húmedo; buscas
una manija; terminas por empujar y sentir, ahora, un tapete bajo tus
pies. Un tapete delgado, mal extendido, que te hará tropezar y darte
cuenta de la nueva luz, grisácea y filtrada, que ilumina ciertos
contornos.
-Señora
-dices con una voz monótona, porque crees recordar una voz de mujer-
Señora...
-Ahora
a su izquierda. La primera puerta. Tenga la amabilidad.
Empujas
esa puerta -ya no esperas que alguna se cierre propiamente; ya sabes
que todas son puertas de golpe- y las luces dispersas se trenzan en
tus pestañas, como si atravesaras una tenue red de seda. Sólo
tienes ojos para esos muros de reflejos desiguales, donde parpadean
docenas de luces. Consigues, al cabo, definirlas como veladoras,
colocadas sobre repisas y entrepaños de ubicación asimétrica.
Levemente, iluminan otras luces que son corazones de plata, frascos
de cristal, vidrios enmarcados, y sólo detrás de este brillo
intermitente verás, al fondo, la cama y el signo de una mano que
parece atraerte con su movimiento pausado.
Lograrás
verla cuando des la espalda a ese firmamento de luces devotas.
Tropiezas al pie de la cama; debes rodearla para acercarte a la
cabecera. Allí, esa figura pequeña se pierde en la inmensidad de la
cama; al extender la mano no tocas otra mano, sino la piel gruesa,
afieltrada, las orejas de ese objeto que roe con un silencio tenaz y
te ofrece sus ojos rojos: sonríes y acaricias al conejo que yace al
lado de la mano que, por fin, toca la tuya con unos dedos sin
temperatura que se detienen largo tiempo sobre tu palma húmeda, la
voltean y acercan tus dedos abiertos a la almohada de encajes que
tocas para alejar tu mano de la otra.
-Felipe
Montero. Leí su anuncio.
-Sí,
ya sé. Perdón no hay asiento.
No hay comentarios:
Publicar un comentario